11 abr 2016

Cineclub "Un mundo dentro del mundo" - 12 de Abril - La bestia humana, J. Renoir, 1938




La bestia humana (La bete humaine), película estrenada en el año 1938, es un drama dirigido por el gran cineasta francés Jean Renoir. Esta película, basada en la novela homónima de E. Zola, sería años después versionada de nuevo en la película “Deseos humanos” por Fritz Lang (1954).

El director nos narra la peculiar historia de Jacques Lantier (Jean Gabin), un hombre solitario marcado desde sus inicios por el estigma de tener una ascendencia familiar con problemas de abuso del alcohol y desequilibrio psíquico . Desde su infancia, Jacques tiene en ocasiones, accesos de violencia que escapan a su control y voluntad. Fatalmente cometerá el gran error de enamorarse de la mujer de su jefe, Sévérine (Simone Simon), mujer seductora y femme fatal que tratará de inducirlo a matar a su marido, Roubaud (Fernand Ledoux), produciéndose consecuencias incontrolables para todos.

Jean Renoir, uno de los mejores cineastas de la historia, nos introduce en este film las teorías antropológicas-deterministas de la época en la que fue escrita la novela de E. Zola y que siguen  estando presentes en la actualidad de la mano de teorías cientificistas y biologicistas. Pareciera así que el determinismo genético acaba por arrollar las normas sociales y morales en las que el ser humano vive inmerso desde su nacimiento, teniendo éste poco qué hacer contra su destino.

Así, la película nos presenta a Jacques Lantier, un hombre que vive atormentado con la idea de haber heredado de sus antepasados una agresividad que aparece de forma repentina y que no es capaz de anular con su voluntad. De esta forma, Jaques intenta evitar estos estados de enajenación viviendo de forma solitaria, sin implicarse emocionalmente con las personas y centrándose en su trabajo, que es la única forma en la que se siente a salvo de sí mismo y de sus propios impulsos.

Buena parte de la fuerza de película proviene, precisamente, de su manera de conjugar las diferentes personalidades de sus protagonistas, la impulsividad de Lantier, la tensión sexual que provoca Séverine y la brutalidad de Roubaud.

“La bestia humana” es una de las cintas más crudas de Renoir, en la que explora el lado más animal del ser humano, ahondando en el desenfreno y la locura, en el instinto y la pasión, la demencia y el descontrol.

La disfrutaremos juntos mañana, día 12, a las 19h en el salón de actos del Palacio Villena (Museo Nacional de Escultura). Dará mucho para debatir.

1 mar 2016

Sin diagnóstico




Corre la voz, en algunos medios de comunicación, de la existencia de miles de personas sin diagnóstico psiquiátrico. Lo que no aclara la noticia es si hay que lamentarlo o celebrarlo. Para unos, es un defecto que debe de ser cuanto antes subsanado. Para otros, al contrario, ese aparente descuido o retraso lo consideran un progreso en la asistencia y el conocimiento de los problemas mentales. Hasta este punto divergen las opiniones propias de nuestra disciplina, tan lejanas unas de otras como lo están, sin ir más lejos, en el campo de la economía, la política o la metodología de la historia. Todas ellas ciencias humanas y hermanas. Más próximas al saber psiquiátrico que cualquiera de las llamadas ciencias exactas.
El diagnóstico no beneficia a nadie. O sólo a unos pocos, por no extralimitarme. Esto conviene saberlo. No beneficia ni a los diagnosticados ni a los diagnosticadores. El afán de diagnosticar enfermedades psíquicas no es un propósito que mejore la salud de la población, prevenga los sufrimientos humanos o mejore la higiene mental. Nada de eso. O así me lo parece ahora, en el momento de escribir esta crónica manicomial tan escueta y comprometida. Y no creo que vaya a cambiar de opinión a corto plazo, ni tras recibir las críticas merecidas por sostener esta afirmación intempestiva, al alcance, eso sí, de cualquier hombre sensato.
La condición de no-diagnosticado es un derecho democrático que empieza a convertirse en el simple privilegio de haber pasado desapercibido, es decir, indetectable ante la leva de enfermos mentales puesta en marcha por las fuerzas terapéuticas de la sociedad. Los enfermos son reclutados no para llevarles a ninguna guerra, sino movilizados por la Sanidad para registrarlos y proveerlos de una identidad suplementaria: bipolar, psicótico, esquizoide, trastorno de personalidad, etc.
En una disciplina como la nuestra, donde a cualquier profesional al que se le pregunta qué es la esquizofrenia lo primero que hace es empezar a balbucear, lo más sensato es evitar el diagnóstico como sea y limitarnos a llamar a la gente por su nombre, identificar su sufrimiento hasta donde podamos y tratar de prestarle los apoyos que nos parezcan más necesarios. Liberar a los seres humanos de la reclusión estigmatizadora del diagnóstico es hoy tan importante como lo fue hace cuatro décadas librarlos del encierro del manicomio. Las célebres cadenas de las que rescató Pinel –padre de la psiquiatría– a los locos, en un gesto inaugural, hoy son eslabones simbólicos, esto es, nombres, discursos, apellidos, signos, teorías y tropos.
El diagnóstico es innecesario y contraproducente. La campaña de fichar y diagnosticar, como la de poner motes, es una de esas políticas del miedo a las que nos están acostumbrando. Junto al terrorismo de las finanzas, hay otro terrorismo nominal que ha prendido en nuestras filas bajo el lema de que todos los diagnósticos son pocos.

Fernando Colina
Crónica del manicomio
Diario El Norte de Castilla
Sábado, 27 de Febrero de 2016



27 feb 2016

Pelear con el ingenio. Ironía y desánimo en el siglo XVI





En un intento por defender las experiencias del hombre en tiempos en que la Ciencia parece querer reducirlas a sus componentes cuantitativos y neuronales, Cuatro ediciones nos brinda la oportunidad de disfrutar de una recopilación de escritos sin precedentes.

En Pelear con el ingenio. Ironía y desánimo en el siglo XVI, encontramos las «Paradojas» (1543) de Ortensio Lando, el «Diálogo con su padre, ya muerto» (1574), de Girolamo Cardano y el gigantesco «De la melancolía» (1558), del granadino Pedro de Mercado. Los tres nos dan una visión inédita de la efervescencia del individuo a mediados del siglo XVI, cada uno con su particular ingenio y una riqueza verbal poderosa.

Lando inaugura un género literario desconcertante e ingenioso: las «Paradojas». Las peores desventuras —ceguera, locura, esterilidad, exilio, pobreza, atropello, engaño conyugal, encarcelamiento o la misma muerte— son preferibles, retóricamente, a las venturas opuestas. Rebate así lugares comunes a la vez que desvela verdades más complicadas.

Cardano, sabio biógrafo de sí mismo, nos deja entrever un abismo con su impresionante «Diálogo con su padre, ya muerto», prácticamente desconocido. Este coloquio casi dostoyevskiano con el fantasma paterno es una muestra de las elucubraciones de una mente tan obsesiva y contradictoria como exacta.

Por último, Mercado, en «De la melancolía» se adelanta unas décadas a la Gran Tristeza europea. Se acerca al melancólico con sensibilidad, y define el malcontento, tan extendido en su tiempo, como «un pelear con el duende, preguntándose, respondiéndose y juzgándose». El médico granadino  destaca la agudeza de los melancólicos, su rapidez, sutileza, diligencia y memoria. Ellos, dice, «con la presteza y facilidad que tienen en entender, descubren en breve tiempo cien mil cosas, entre las cuales, algunas han de atormentar y parar tristes; y jamás conocí hombre necio o torpe a quien la melancolía atormentase».

A principios del siglo XVI apareció la palabra «psicología», y tuvo en toda la centuria un sentido distinto al actual; era un neologismo sabio, con un espectro muy variado: remitía a las facultades vegetativa, sensitiva e intelectual. Aunque mantenía una base claramente humoral que definía la calidad de cada tonalidad anímica, las emociones, pensamientos e imaginaciones empezaban a ser mejor analizadas, especialmente en el individuo quejumbroso.

Lando estudió medicina, y tanto Cardano como Mercado eran médicos, una profesión totalizadora por entonces. En sus escritos se mezclaban cosmología, ciencias naturales, dietética y valores morales; todo se veía abrazado por la física antigua —que regía los cuerpos como regía los cielos— y se veía proyectado, además, sobre el campo de las costumbres en su integridad.

Este libro nos permite volver allí donde Ciencia y Humanidades eran incapaces de separarse para mirar el espíritu. A ver si vuelve a despertarse el interés por lo humano. A ver si se nos pega algo.

Más información en: http://cuatroediciones.com/index.php